Refugio mío, alcázar mio… (Salmo 90)

REFUGIO MÍO,
ALCÁZAR MÍO,
DIOS MÍO…
CONFÍO EN TI.

¡Qué importante es conocer el lugar exacto donde se encuentra el refugio cuando uno decide emprender camino por la montaña! La montaña es preciosa y sus vistas únicas. Si se sube en compañía, la ruta se hace corta y alegre, llevadera. Pero las condiciones pueden variar aún sin uno preveerlo. El cielo puede tornarse gris y plomizo y aquel sendero que nos parecía encantador puede volverse inquietante y las seguridades que nos rodeaban, en condiciones favorables, se llenan de sombras y dudas por el ansia de lo imprevisto, por el miedo al peligro de perdernos… Cuando la tormenta explota lo mejor es no seguir ascendiendo sino acudir cuanto antes al refugio. El refugio siempre está abierto. El refugio nos permite entrar en calor de nuevo y secar nuestras ropas. El refugio nos permite esperar a que vuelvan las condiciones favorables sin miedo a las fieras, los rayos, el frío… El refugio nos proporciona algo de alimento de mantenimiento para no desfallecer. El refugio, en definitiva, no nos resuelve el problema, no nos devuelve el sol ni la luz… pero nos protege y nos cuida el tiempo que haga falta.

Ese es Dios, mi Dios. Mi refugio… Tu refugio…

Un abrazo fraterno

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