Despertares y persianas que cambian la vida (Juan 12, 44-50)

Hoy, como cada día, abrí la persiana de la habitación de mis dos hijos mayores intentando que su día empezara de la mejor manera posible. Y no me resistí. Habiendo escuchado ya el Evangelio del día, les dije, entre otras muchas cosas, que Jesús no viene a juzgarnos, a pasarnos revista, a echarnos a la cara lo que hacemos mal… Jesús viene a querernos y a salvarnos. ¿Hay mejorar manera de afrontar la batalla de cada día? Posiblemente no.

A veces me pregunto, como padre, si es bueno hablarles a los niños de estas cosas. Soy consciente de que es pronto para que ellos entiendan pero, sinceramente, soy de la opinión de que es bueno plantar semilla cuanto antes. ¡Escuchan tantas cosas! ¡Les enseñamos tanto y nos enorgullecemos tanto de que sepan leer, sumar, dividir, los nombres de los ríos…! Pero ¿qué hay de lo demás, de lo fundamental? Que lo vayan escuchando, que lo vayan saboreando, guardando en su corazoncito… Y que el Padre Dios haga con esa semilla lo que considere oportuno, ¿no?

El amor y la salvación por parte de Jesús es algo que no debe ser sólo sabido sino también experimentado. Igual que pasa en una relación de amistad, o en el amor de pareja, no llega conque la cabeza entienda y comprenda que el de enfrente te quiere. ¡El corazón no sabe sólo de palabras, de conceptos! Nada cambia mientras sea un mera frase, una sentencia bonita. Nada cambia. Pero todo cambia cuando eso sabido es experimentado. Cuando uno se descubre amado tal cual es, cuando uno se reconoce perdonado, aceptado… La vida pega un giro brusco y nada vuelve a ser igual. Es esa fortaleza que nace de la fragilidad, de la debilidad. Es esa sensación de saberse zarandeado por el viento pero nunca arrancado de la tierra…

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Perdemos tanto tiempo en debates vanos, en tertulias divertidas sobre temas controvertidos… Y en cambio, Palabras como las de hoy pasan sin pena ni gloria por delante nuestro. Los apóstoles, los primeros discípulos, sabían bien esto. Habían vivido con Jesús muchos de ellos, habían experimentado de cerca la acción de Cristo sobre las personas, la fuerza redentora de la Cruz, la novedad turbadora de la Resurrección… Por eso oraban y, en oración, decidían su vida. Ahí se manifiesta el Señor de manera privilegiada. Querer experimentar su amor sin acudir a su encuentro, sin escucharle, sin hablarle, sin intimar… se hace ¡tan difícil!

Ninguna misión se antoja irrealizable si hacemos que eso que sabemos pase a ser el motor de nuestra existencia. Ningún lugar es lejano, ninguna persona extraña.

Un abrazo fraterno

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