El niño y la lámpara encendida (Mateo 5, 13-16)

Cuando los niños se acuestan, siempre nos piden que dejemos la puerta arrimada y la pequeña luz de la lamparita del recibidor encendida. Ese pequeña claridad les ayuda a dormirse con tranquilidad y a espantar los posibles temores que la oscuridad y la noche, a veces, traen consigo. Parece que las personas no estamos hechas para vivir en la tiniebla y nos sentimos más en paz cerca de la luz.

faro herculeo

Yo, tal vez por el niño que me habita, también tengo miedo muchas veces. ¡Igual que S. Pablo! Miedo de muchas cosas, fundamentalmente del sufrimiento y el dolor de los míos. Hay días, normalmente grises, en los que una negrura misteriosa me invade el corazón. Es la negrura del alma, una negrura que me aleja de Dios. Me quita la alegría y difumina mi confianza en el Padre y atenúa la fuerza de mi fe. Es una negrura peligrosa a la que hay que poner coto con ligereza… No es tristeza, es negrura. No es enfado, es negrura. Posiblemente la negrura de la desesperanza. ¿Hay algo peor?

Lo curioso es que yo, frágil, miedoso y débil, estoy llamado por Jesús a alumbrar a otros. ¿Cómo se come esto? ¡Yo! Necesitado de luz constante, ¿cómo voy a poder ser luz para otros? S. Pablo tenía esto claro y en la primera lectura de hoy nos da una clave importantísima para ese “ser sal”, para ese “ser luz”: no soy yo quien debe brillar, no soy yo quien predica, quien se manifiesta…sino el Espíritu, Dios mismo quien lo hace. Él es quien debe brillar en mi. Él es quien debe hablar por mi boca. Él es quien debe cautivar la mirada de los que me miren.

Todo esto se convierte, una vez más, en un maravilloso misterio difícil de explicar. Dios, conocedor de todo, entreteje una sutil historia personal con cada uno y, amándonos, es capaz de, en nuestra mediocridad humana, sacar de nosotros lo mejor que llevamos escondido, la fuerza que el mundo necesita. Ni lo entiendo ni lo pretendo. Su Palabra me basta para movilizar mi fe y mi voluntad. Aquí estoy Señor. Haz de mi la mejor de tus antorchas.

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3 comentarios en “El niño y la lámpara encendida (Mateo 5, 13-16)

  1. Miedo, temores, desesperanza…si es una lucha constante en mi vida. El Señor sabe lo que tenemos en nuestro interior, por eso nos llama a su servicio. Por lo menos yo siento, que EL me dice: ” no mires tus debilidades, yo estoy con vos. Ora y acompaña a quienes me necesitan, comparte con ellos que en MI encuentras sentido a tu vida.” Hago un gran esfuerzo por hacer su voluntad y desde que me decidì a hacerlo, soy FELIZ.

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  2. Oración de las monjitas de la Madre Teresa:

    Oh, amado Jesús:

    Ayúdame a esparcir Tu fragancia por donde quiera que vaya.
    Inunda mi alma con Tu Espíritu y Vida.
    Penetra y posee todo mi ser tan completamente, que mi vida entera sea un resplandor de la Tuya.
    Brilla a través de mí y permanece tan dentro de mí, que cada alma con que me encuentre pueda sentir Tu presencia en la mía.
    ¡Permite que no me vean a mí sino solamente a Ti, Jesús!
    Quédate conmigo y empezaré a resplandecer como Tú, a brillar tanto que pueda ser una luz para los demás. La luz oh, Jesús, vendrá toda de Ti, nada de ella será mía;
    Serás Tú quien resplandezca sobre los demás a través de mi.
    Brillando sobre quienes me rodean, permíteme alabarte como mas te gusta.
    Permíteme predicarte sin predicar, no con palabras sino a través de mi ejemplo,
    a través de la fuerza atractiva, de la influencia armoniosa de todo lo que haga,
    de la inefable plenitud del amor que existe en mi corazón por Ti.

    Amén.

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