La paz y la batalla definitiva (Juan 14, 27-31a)

La paz de Jesús y la paz del mundo. El mismo Cristo resalta la diferencia y en mi interior siento que la hay. No suelo ser una persona que pierde la paz con facilidad pero sí he experimentado la turbación, el desasosiego, el miedo y la intranquilidad. Perder la paz es sinónimo de alejarse de Jesús, de perderlo de vista, de poner mi confianza en otro, en otros, en otras cosas… Y es fácil perder la paz cuando nuestros anhelos los situamos en aquello que nada tiene que ver con Dios. Jesús nos regala ese don y nosotros ¡tantas veces lo extraviamos!Exif_JPEG_422

Una de las cosas que más me turba es la posibilidad de pasar por esta vida sin haber respondido a la llamada que se me ha hecho, sin dar respuestas a las pequeñas llamadas de cada día o a las grandes llamadas vitales. Soy consciente de que no trabajo actualmente en aquello que considero mi vocación. Soy consciente de que todavía queda camino por hacer y estoy contento con mi marcha. Pero hay noches en las que el desánimo, la desesperanza, la falta de fuerzas… lo nublan todo y me veo incapaz de llegar. Y la tentación del conformismo aparece en el horizonte. Adiós paz. El espíritu se me remueve y la negrura entra en el alma.

El miedo también me desestabiliza muchas veces. Una mira a su alrededor y ve tantos problemas… La situación social está muy caldeada, el mundo sigue sumido en problemas, la gente lo pasa mal, sigue habiendo mentira, odios, avaricias… El mundo sigue librando su batalla contra el mal y, muchas veces, pierde. Y eso me da miedo. Miedo a que mis hijos tengan que vivir experiencias dolorosas, situaciones extremas… Miedo también a la enfermedad, a la muerte muchas veces, a perderme tantas cosas… El miedo es posiblemente el mayor enemigo de la paz. Es el arma principal de aquel que encabeza el ejército de las sombras…

Pero la paz de Jesús debe ser recuperada y uno tiene que tomar decisiones, buscar lugares, personas, momentos… que hagan que el espíritu vuelva a beber del Espíritu. Mi comunidad los miércoles, la vida compartida con mis hermanos, la oración diaria, la familia, la Eucaristía, mis ratos de música en soledad, escribir, centrarme, conectarme con lo que soy… No es más que sintonizar de nuevo la emisora de Jesús, que nunca ha dejado de emitir.

La batalla de la paz es, tal vez, la batalla definitiva. Perderla o ganarla será determinante para otras muchas cosas. El mundo, mientras, está en otras cosas, invirtiendo la vida en valores que nunca darán la felicidad.

Un abrazo fraterno

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