Ausencias, tristezas y una promesa que vale la pena (Juan 16, 20-23a)

Llevo muy mal la tristeza. La experimento pocas veces y no me sienta nada bien. Convivo dificultosamente con ella. Pero hay momentos en los que es ineludible, ineludible y sana. Hay momentos en los que uno está triste y, probablemente, deba estarlo. Hace tiempo que aprendí que las emociones nos dan información muy valiosa y que estar conectados con ellas y vivirlas adecuadamente nos hace ser mejores y vivir más felices.

La ausencia de Dios genera tristeza. El mundo se torna un espectáculo circense de escaso gusto, un escarnio para muchos. Las carcajadas hilarantes de algunos destrozan el corazón. La superficialidad de otros lapidan la esperanza. La violencia, la locura, el odio, la soberbia… cubren con una niebla espesa toda mirada al horizonte. No hay horizonte. Y para los que tenemos a Dios presente, para los que creemos en Él, para los que luchamos desde el Amor y la Justicia… es terrible dejar de sentirle, escuchar su doloroso e incomprensible silencio, aceptar que, muchas veces, el mal gana las batallas.

¿Tú también te sientes así a veces o sólo me pasa a mi?

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En el Evangelio de hoy uno descubre que esto ya estaba advertido. Jesús sabía por lo que iban a pasar sus apóstoles y discípulos. Y se lo dijo. Sabía que les iba a tocar pasar por algo muy parecido a lo que Él pasó, con el agravante de que ellos no son Él y que Él ya no estaría. Jesús lo sabía. Lo sabe. Y nosotros, pues, debemos vivir todo esto con mayor serenidad sabiendo que el plan sigue su curso, que nada nuevo hay bajo el sol que Jesús no hubiera previsto ya. ¡Qué tranquilidad! ¡Saber que Jesús ya conoce los caminos por los que uno va a transitar! Es como cuando voy en el coche y los niños me preguntan si sé llegar. Mi sí les infunde de inmediato una serenidad y un paz que apacigua sus inquietudes. Esto es igual.

Pero hay más: la promesa, el horizonte, un final. Un final alegre. Un horizonte claro y azul. Una promesa por la que vale la pena vivir y luchar cada día. Dios nos asegura que, un día, la guerra terminará, que saldremos vencedores, que llegaremos a la meta, que estaremos alegres y felices, que la niebla se levantará y saldrá el sol.

Yo me lo creo. ¿Y tú? Yo me lo creo y en esta fe sostengo mi vida.

Un abrazo fraterno

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