La familia, esa escuela diversa para ser Iglesia (Juan 17, 20-26)

Me gusta ver a la Iglesia como una gran familia y también vivir la familia como una auténtica “iglesia doméstica”, que decía el beato Juan Pablo II. Hoy el Evangelio me lo ha recordado: la unidad como signo de Dios para los hombres.

IMG_1435En una familia, al menos en la mía, cada uno es distinto. Distinto de verdad. Teniendo en cuenta que una familia nace a partir del proyecto común creado por dos personas distintas, con distintas historias, con distintos dones, con distintas heridas, con distintos procesos, con distinta educación… no parece anormal. La familia no nace, pues, de un común gusto, de unos hobbies comunes, de una educación común, de una manera similar de vivir el día a día… ¡NO!. Nace fundamentalmente del amor de dos personas distintas que, amándose, son capaces de ir más allá de ellas mismas y crear algo nuevo y, ahora sí, común a ambos.

Luego vienen los hijos y cada hijo es, gracias a Dios, único e irrepetible. Cada uno aporta a la familia algo particular e insustituible. Uno te hace más compañía, el otro te llena de besos, la otra comparte más su jornada, el otro se ríe a carcajadas, otro es más miedoso, otro más duro, otra más mimosa… Pero desde que nacen se entroncan en esa “novedad” creada por sus padres y sostenida por el amor. No hay otro camino ni otro secreto.

Y esa diversidad que se vive dentro es unidad de cara afuera. Ahí radica también mucha de su fortaleza. Ese amor que hace que la familia se viva una en su diversidad, trasmite una clara imagen de unidad hacia afuera. Un sentir, un amor, una manera de vivir, un testimonio de vida familiar concreta. Y las dificultades, los problemas, las asperezas, los desencuentros… pasan a un segundo plano, más íntimo, para ser superados gracias al amor que llena la casa común.

Así es también la Iglesia. Así debe ser, al menor, como yo lo creo. Jesús es ese amor que todo lo une, el amor que sostiene la fe común, el proyecto común. El amor que aúna en la diversidad. El amor que convierte la particularidad de cada uno en una potencialidad y no en un problema. Dentro de casa, como en la familia, nos sabemos distintos unos de otros, únicos e irrepetibles. Dentro de casa, aportamos cada uno lo bueno que llevamos. Hacia afuera, el testimonio de la unidad, del hacer común, del amor que nos tenemos, del Señor en el que creemos…

Tenemos mucho camino que recorrer todavía. Es una asignatura pendiente que nos resta mucha fuerza. Que el Señor Jesús, poco a poco, nos ayude a transitar mejor por la senda de la unidad.

Un abrazo fraterno

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