El flamante F1 de los favoritos de Dios (Eclesiástico 35, 1-12)

Dios no es parcial. ¡Vaya hombre! ¡Qué políticamente incorrecto! En un mundo donde la imparcialidad, la igualdad, etc. se consideran valores, viene Dios y nos dice que no es imparcial, ¡que tiene favoritos!

Sí. Dios tiene favoritos. Dios tiene hijos predilectos. El Evangelio lo deja claro: aquellos que lo dejan todo por Él, por la Buena Noticia, por el Reino; aquellos que no se presentan ante el altar con las manos vacías, como dice la primera lectura. Dios es misericordioso, lo perdona todo, espera siempre y ama a todos pero… tiene favoritos. No nos llevemos a engaño o reclamemos luego lo que ya nos avisaron al principio. Fórmula-1-–-El-nuevo-Ferrari-de-Alonso-es-“un-coche-de-otro-planeta”

Son favoritos los perseguidos, los que se juegan la vida por Cristo. Son favoritos los pobres, enfermos, excluidos… los parias de esta tierra. Son favoritos los que se dan hasta la extenuación luchando por una mayor dignidad de su prójimo. Son favoritos los que cumplen la voluntad de Dios con alegría y pasión pese a las tentaciones jugosas del mundo. Son favoritos los políticos que pudiendo corromper, no lo hacen y trabajan por su pueblo. Son favoritos los que pudiendo vivir rodeados de comodidades, prefieren compartir su dinero con la comunidad y vivir más austeramente. Son favoritos los que, teniendo poder, no lo usan para destruir sino para construir algo mejor. Son favoritos los que viven solos, los que no encuentran manos amigas con las que caminar ni hombros sobre los que llorar. Son favoritos los que ven la vida a través de  la mirada limpia del niño que no han dejado morir. Son favoritos los que dan gracias cada día por saberse amados, por lo que tienen, por lo que no tienen, por amanecer una jornada más.

Dios no me pide nada que supere mis posibilidades. No espera de mi ni un gramo más de lo que puedo dar. No debo agobiarme con eso. Puedo llegar a ser santo con el equipaje que me ha regalado de fábrica. Pero tampoco espera menos.

Usando un símil  de la F1: Dios me ha dado el mejor coche. Dios ha invertido todo lo posible en mi, como constructor. Pero él no lo va a pilotar por mi. El piloto soy yo. No me va a pedir que el coche vuele, haga malabarismos, escriba ópera o llegue a meta con los neumáticos intactos. No me va a impedir pasar por boxes, llenar el depósito cuando se vacíe… Pero sí espera de mi el pódium. Sí espera resultados. Y ante un piloto que llega siempre con las manos vacías y otro que siempre tiene algo que ofrecer… prefiere a este último.

Más claro agua.

Un abrazo fraterno

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