Nuestras obras. Las obras de los demás. ¿Es tan importante lo que hacemos? ¿O es más importante creer y tener fe? En la Palabra uno puede encontrarse ambas cosas y posiblemente ambas son necesarias. Pero el Evangelio de hoy me plantea algo que va más allá de lo que pueda parecernos a priori.

Jesús apela a sus obras para demostrar que Dios vive en Él. Sus obras buenas hablan de Dios. Esto implica que Dios vive, está, en el bien que se puede hacer porque Dios es el Bien mismo, el origen y final de todo.

¿Cómo cambia mi día a día el Evangelio? Pues debería llevarme a reconocer el Dios que vive en lo bueno que hacen las personas, incluso aquellas que se manifiestan alejadas de Dios y de la Iglesia. Dios vive en sus obras. Dios vive en el amor por sus hijos o por su pareja, en la excelencia en su trabajo, en el compromiso que tienen e una ONG, en la escucha desinteresada a su anciano padre, en la visita a un enfermo un día de descanso, en la manera de tratar a los de su alrededor… Dios se manifiesta también a través de aquellos que no lo ven o no lo reconocen.

Si mi mirada se centra en eso y no en otras cosas, me será más fácil entablar diálogo, salir al encuentro, tener un lugar desde donde construir juntos… ¡No me digas que no se abre un mundo de posibilidades! ¡¿Te imaginas el bien que se puede hacer?!

Y cuando llegue el momento, habrá que decir: “Ese bien que haces, es Dios mismo… Lo tienes más cerca de lo que te crees“… Y a ver qué pasa.

Un abrazo fraterno

lampara