Ayer mi hijo mayor hizo la Primera Comunión. Lloré varias veces en la celebración. No soy capaz de vivir sin emoción un paso tan importante en el camino de fe de uno de los tesoros que me han sido regalados, “prestados”.

Como padre, no siempre estoy seguro de hacerlo bien. El miedo a fallar en la formación de mis hijos, el miedo a influir negativamente en su desarrollo, a dejar en ellos huellas que marquen de alguna manera su futuro, a dejarme cosas por hacer, espacios por cubrir, necesidades que atender… siempre está ahí. Casi siempre lo llevo bien. A veces lo llevo regular. Educar a los hijos es, posiblemente, lo más importante que me ha sido encomendado por parte de Dios en esta vida. Y lo quiero hacer bien.

Ahora bien. Soy limitado y pequeño. Fallo, me equivoco, la pifio… Hiero a aquellos a los que quiero, grito a destiempo, corrijo muchas veces de manera deficiente, no siempre tengo el mejor día ni hago lo que los libros dicen que se debería hacer. Soy padre pero soy persona, persona y pecador. Por eso hoy, que me encuentro la lectura del profeta Elías y un salmo especialmente hermoso, me emociono de nuevo. Me emociono al tomar conciencia de que, más allá de mí, mis hijos tienen un guardián, un protector, un Padre mucho mejor, cuyo Amor es infinitamente mayor que el mío. ¡Y eso da una tranquilidad!

Rezo por mis hijos. Y por mi mujer y por mí. A la vez, descanso en el Espíritu. Amén.

Un abrazo fraterno

IMG_5533