A todos nos llega la tempestad. Es la climatología. En la vida, hay días de calor, de frío, de viento, sequías, lluvias… y tempestades. La tempestad es esa época donde se ponen a prueba los cimientos, donde hay cosas que se lleva el viento, donde hay que amarrar bien aquello que no queremos que se lleve, donde es imposible pasear y es recomendable quedarse en casa unos días, hasta que escampe. La tempestad es extrema, con vientos fuertes y lluvias abundantes.

¿Hay que tener miedo a las tempestades vitales? Depende. El miedo es libre y, posiblemente, como pequeños y débiles que somos, aparecerá. Yo tengo miedo muchas veces. El Señor, el mismo que iba en aquella barca con los apóstoles, me llamaría cobarde.  Si Él está, nada tengo que temer. Si acudo a Él, si me aferro a Él, si me abandono a Él, nada podrá la tempestad, por mucho que se mueva la barca, la casa, la vida. Si Él no está… prefiero no imaginarlo.

¡Y cuidado! La tempestad no siempre tiene connotaciones negativas. En mi vida, empezar a trabajar fue una tempestad, casarme fue otra tempestad, la llegada de los hijos fue otra tempestad, etc, etc, etc. Quiero decir que la vida tiembla en muchas ocasiones, que el viento sopla muy fuerte más a menudo de lo que creemos… porque hay momentos vitales, negativos y positivos, con una descarga de fuerza brutal, fuerza que pone todo lo ya asentado en vilo.

Jesús. Eso es lo primero que tengo que proteger, amarrar y asegurar.

Un abrazo fraterno

temporal