Al mal, ni agua. Esa es la conclusión que me llevo después de leer la Palabra de hoy. Ni agua. Lejos, como hace Jesús, que no se mantiene inalterable al cruzarse con el mal. Jesús no sólo hace el bien sino que combate el mal. No es lo mismo.

La primera lectura nos lo deja más claro: haz el bien y odia el mal. A Dios es difícil es engañarle. Que el mal nos engañe a nosotros es fácil. Al menos a mí me pasa. Me dejo engatusar, enredar, liar… me dejo engañar por ese mal vestido de bien, disfrazado de algo positivo, placentero y ¡hasta necesario! Dios se debe de poner negro cuando ve lo “facilón” que soy a veces. No es un juego. La primera frase de la lectura es determinante: “haz el bien y vivirás”. ¡Cuánto nos quejamos a veces de lo desgraciados que somos, de lo mal que nos salen las cosas, de toda la felicidad que nos falta, de no sentirnos llenos y plenos! La solución está dada hace ya mucho tiempo: haz el bien y odia el mal. Pero ni caso. No nos lo creemos. Preferimos pensar que el azar, el dinero, el nivel social, las personas, el placer, una casa grande, un sueldo mejor… nos harán más felices. Parece que no es así.

Al mal, ni agua. Ni una gota.

Un abrazo fraterno

bienmal