Viajar siempre es salir de uno mismo y abrirse a la novedad, a la sorpresa, al descubrimiento. Y eso provoca en el interior del viajero una alegría profunda que motiva y sostiene la marcha. Son las ganas de encontrarse con algo que desconoce, de llegar a lugares nuevos y pasearlos, de ir al encuentro de seres queridos y algo distantes…

La alegría, como nos recuerda el salmo de hoy, es signo distintivo del Adviento. La tristeza, la apatía, el enfado, la pereza, la desesperanza… nunca nos llevan a Belén, porque nunca nos ponen en marcha hacia ninguna parte. Si hay alegría podremos subir montes y atravesar dificultades en el camino; si no la hay, no seremos capaces ni de hacer la maleta.

¿Es la alegría un catalizador de la fe o es fruto de ella? ¿Tú cómo andas de alegría? Estás a tiempo.

Un abrazo fraterno