Cuando uno viaja de noche no puede ver nada afuera. La oscuridad lo envuelve todo y, ya sea en coche, en avión o en tren, las luces artificiales de las que nos servimos reflejan una realidad que no es la verdadera tras los cristales. Un viaje a oscuras es, ciertamente, aburrido.

Cuando la luz comienza a aparecer, sobre todo con la encantadora timidez del amanecer, es conveniente que estemos despiertos, que nos hayamos deshecho ya de todo rastro de legañas y que, con mirada de recién nacido, nos dispongamos a maravillarnos ante el milagro del “despertar” del mundo. Esa mirada no se consigue con ejercicios, con libros, con estudios, con títulos, con dinero… No es una mirada que uno consigue sino que es algo que Dios regala.

Cuántas veces viajamos a oscuras, ¿verdad? ¿Eres capaz de asombrarte ante el milagro que llega o la luz te molesta?

Un abrazo fraterno