Para los que hemos visto la película “La bella y la fiesta” es fácil imaginarse un banquete en condiciones. Aún cuando estamos en un lugar desconocido, oscuro y poco amigable; aún cuando pensamos que nada puede ir bien, una pequeña luz es capaz de sentarnos a la mesa y darnos un festín de postín.

¿Qué hay de aquel niño al que se le salen los ojos de las órbitas al ver una mesa bien puesta, llena de cubiertos refinados, copas de fino cristal, bandejas de plata, manteles de hilo y repleta de manjares diversos y suculentos? ¿Dónde lo hemos dejado?

Dar de comer a alguien, ofrecerle un gran banquete, siempre ha sido una de las imágenes idóneas para expresar la felicidad, la fiesta, la sobreabundancia, el gozo. El banquete no es una cenita, ¡es más! ¡Desborda!

El Señor Jesús, que llega en la noche, viene para amarnos de esa manera: desproporcionadamente, desmesuradamente. ¿Preparado para sentarte a la mesa?

Un abrazo fraterno