Si alguien nos pregunta si nuestro viaje es por trabajo o por placer, no sabría qué responder. Por placer seguro que no. Este viaje a Belén, en busca de la Luz que nace, no se hace por placer. Este viaje es cualquier cosa menos placentero. La oscuridad no es cómoda, a mí no me gusta ni a los niños tampoco. A veces, por su culpa, nos equivocamos de camino y hacemos más kilómetros de la cuenta. Otras pesa el cansancio y esta sensación de no llegar nunca hace mella en el ánimo. Y cuando no sucede nada de eso, se pincha una rueda, se retrasa el vuelo o vete tú a saber.

Y por trabajo… tampoco. Nadie me envía a Belén a hacer algo. Adorar al Señor no es un cumplimiento sino una necesidad, una respuesta, un “dejarse llevar”. Lo que parece claro es que, no siendo un viaje de trabajo, es un viaje que lleva a trabajar. Uno no llega a Belén, conoce la Luz, al Salvador, al Amor, y se vuelve a su casa tranquilamente. Como le dijo Frodo a Sam, en su camino a Mordor, “jamás volveremos a la comarca”. Hay viajes que no tienen billete de vuelta.

Dad lo que habéis recibido. Curad, resucitad, limpiad, echad demonios. El encuentro con el Pequeño nos lleva a la misión, en la que Él es el Alfa y el Omega. ¿Te gusta los viajes sin vuelta? ¿Te dejas seleccionar para la misión?

Un abrazo fraterno