Para mucha gente, hablar no es fácil. Para otros, es un exceso fuera de control. Incluso para aquellos que entendemos que hay que hablar de Dios al mundo, a veces es un ejercicio difícil de equilibrar. El viaje que nos ocupa es largo e, inevitablemente, necesitamos momentos para hablar con alguien. Y es verdad, uno puede enganchar a alguien y usarlo de “muro de las lamentaciones” o se puede, también, escuchar.

¿Es posible “hablar al corazón”, como nos dice la lectura de Isaías de hoy, sin haber escuchado previamente? Es imposible. Hablar al corazón es un verbo que se conjuga escuchando y, únicamente, cuando conozca el ritmo, el latido y el color de la sangre de ese corazón, podré dirigirle alguna palabra.

Hablar al corazón requiere escuchar a Dios, que lo habita. Hablar al corazón es hablarle a ese Dios, es venerarlo, alabarlo, amarlo. ¿Cuántas veces hablas por hablar? ¿Cómo llevas lo de escuchar? ¿Y lo de descubrir a Dios en el corazón del otro?

Un abrazo fraterno