Viajar cansa. Cansa no saberse en casa. Cansa la transitoriedad, la provisionalidad. Cansa buscar, buscar, buscar… y no terminar de encontrar. Cansa pensar y explorar caminos. Cansa hasta lo bonito de viajar. Cansa el sol en los cristales, la comida mala de gasolinera, el asiento incómodo, la frialdad de un hotel, las conexiones, las esperas…

Los cansancios se acumulan. A mí se me acumulan a veces. Lo que un día es un cúmulo de proyectos y compromisos bien llevados, al día siguiente, sin saber muy bien por qué, son una carga poca ligera. Uno toma realidad de sus fuerzas, del peso llevado y de la ayuda recibida… y te vienes abajo.

Y es normal. Y hasta necesario. Porque aunque queremos mucho al Señor… vale la pena soltarle peso. Él así nos lo dijo. Tomar conciencia de que sin Jesús no es posible y que necesitamos sus espaldas es la clave de una vida agotadora pero satisfactoria. ¿Le pasas equipaje a Jesús o sólo confías en tus fuerzas? ¿Qué te cansa?

Un abrazo fraterno