La queja. Mi mujer me acaba de decir hace un rato que me quejo mucho… La queja. Es verdad que pocas cosas hay peores que la queja, que la protesta generalizada por todo. Desgasta, erosiona, crispa.

A todo viaje le llega su momento de queja. Si en vez de salir por la tarde hubiéramos salido por la mañana; si en lugar de ir por aquí, hubieras pillado otro camino; si es que ya te dije yo que era mejor desayunar en otro sitio; que si vamos muy lentos, que si no era el momento, que si deberíamos habernos quedado en casa…

Lo peor para el que recibe la queja continua es acabar con la sensación de que da igual lo que uno haga porque al otro no le sirve. Y el Señor, ¿qué sensación tendrá conmigo? ¿Estará ya harto de mis quejas, de mi continua insatisfacción pese a todo lo que se me ha regalado? Tal vez sea momento de que toda queja se funda al calor del Dios que nace…

Un abrazo fraterno