Disney nos trae a todos buenísimos recuerdos y, desde luego, lo prefiero a otras opciones de entretenimiento infantil. Pero Disney es también el paradigma del mundo de fantasía, de la factoría de sueños. Disney ha impregnado la realidad hasta afectar incluso a la Navidad.

Son preciosos los belenes, los pesebres, la decoración, los villancicos y los actos de generosidad y solidaridad que impregnan estos días pero hay quien no sale de ahí. Se piensa que la vida, la fe, y la Navidad, se circunscribe a eso y que lo de recibir a Dios hecho niño es como cuidar a un sobrino, al hijo de un amigo, con el que disfrutas pero que luego llora en casa de otro por las noches.

Celebrar S. Esteban justo el día después de Navidad es una bofetada de realismo. Porque ese Niño que nos ha nacido no ha llegado para eliminar el sufrimiento del mundo. Es más, si en lugar de como a un “niño de otro” lo consideremos realmente nuestro, viene a aportar una dosis más de dolor. Porque si esto va de amor, no existe el amor sin su dosis de sufrimiento.

Ese Niño ha llegado para salvarnos y para querernos, de acuerdo. Pero por Él seremos perseguidos y vilipendiados. El final de su historia no es precisamente un final de Disney…

Un abrazo fraterno