Ser manso y humilde no se lleva. La moda y la tendencia es otra. Nos han metido en la cabezota que ser manso y humilde es signo de debilidad. Ser manso y humilde, como te puedes imaginar, en un mundo competitivo como el nuestro, está condenado al fracaso.

Humilde es quién se sabe necesitado de Dios y de los demás. A mí no me vendría mal una sobredosis de humildad en muchos momentos. Lucho cada día por espantar de mí los pensamientos tentadores de creerme más listo, más capaz, más eficaz, más formado, más inteligente, más maduro… que muchos otros. Me sé necesitado de Dios pero no tanto de los demás. Implacable muchas veces, exigente y con un puntito de chulesca soberbia…

Siempre me glorío de dormir poco, de no cansarme mucho y de tener más resistencia que un jabato pirenaico. Y ahora llego al Evangelio y pagaría por ser de esos cansados y agobiados a los que Jesús llama a sus brazos. ¿En qué quedamos? ¿Mi fortaleza y mi capacidad me privan del descanso en Jesús? Ummm… habrá que pensarlo y rezarlo. A ver si estoy vendiendo como bueno algo que no lo es tanto…

Para empezar, voy a procurar este verano, dormir más y descansar mejor; con humildad, sabiéndome necesitado del colchón…

Así sea.