Ha sido la primera vez que me despedía de mis compañeros de trabajo. Es lo que tiene haber tenido sólo un trabajo en esta vida. Y, aunque todavía me quedan unos días y esto no ha terminado, puedo decir que, si ya me iba contento, ahora me voy también en paz. Alegría y paz, sí, son las palabras que mejor definen los sentimientos de mi marcha.

Cuando la opción de irnos a Salamanca se puso encima de la mesa, tal vez ninguno pensábamos que yo pudiera dejar mi empresa y empezar ya a trabajar para la escuela o para la Escuela Pía. Sólo el transcurrir de los días y los milagros que el Señor iba realizando empezaron a llenar mi corazón con la esperanza real de esta posibilidad. Si la posibilidad se presentaba en unos términos razonables, yo no la iba a dejar escapar. Fueron muchos años de espera, de esfuerzo, de tensa calma… y algo me decía que el momento había llegado.

Me voy con la cabeza alta de GEHC. Me voy sabiéndome valorado y querido. Me voy sorprendido en parte y tremendamente agradecido.

La cabeza alta es fruto de 15 años de trabajo y de esfuerzo por hacer mi labor lo mejor que he podido, con mis defectos, mis carencias y mis errores. No sólo eso. Han sido 15 años viendo crecer un negocio y viendo crecer un equipo, viendo llegar a unos y marchar a otros, viendo pasar jefes, managers, estilos, apuestas y propuestas por parte de la compañía. Han sido 15 años en los que creo no haber acumulado enemigos sino más bien todo lo contrario. Un tiempo largo donde crear relaciones de cariño incluso con los clientes y donde he intentado, sin hacerlo muy conscientemente, llevar la paz del Evangelio allí donde estaba. Me voy satisfecho por lo realizado, por la fidelidad y el compromiso que he intentado demostrar y por la honestidad de mi carrera aquí.

Otros no se hubieran ido con una mano delante y la otra detrás. El dinero no me sobra. Pero la opción tomada y acordada, me parece justa y, al final, la real. Me voy por propia voluntad, sin más. Me siento valorado y querido en mi despedida más allá de su traducción en euros. Suena tópico pero el cariño no se mide en euros. Y en este momento, esta apuesta de desaparecer por propia voluntad es también un signo de esto. Me sé valorado y querido por la reacción de mis compañeros más cercanos y por las palabras de mis managers directos. Me voy valorado y querido porque así se me está haciendo saber estos últimos días. Apreciado por personas de la compañía con las que comparto pasillos desde hace 15 años y que me han visto “crecer” aquí. Me voy con el corazón cargado de reconocimiento, alimentado también por los innumerables correos recibidos de clientes que, tras todos estos años, son más que eso.

Soprendido también. ¡Cuánta gente me ha dicho la envidia que les doy por apostar por mis sueños y mi vocación y ser capaz de dar un giro a mi vida! Tremendo. Ojalá todos lo hiciéramos. El mundo iría mejor, sin duda, si todos apostáramos por hacer aquello a lo que nos sentimos llamados, aquello en lo que somos plenamente felices. Haríamos más felices a los de nuestro alrededor y aportaríamos un valor incalculable a la humanidad.

No puedo terminar sin dar las gracias, a las personas y a Dios. Estos 15 años en GEHC me han dado la oportunidad de ser mejor persona, de crecer profesionalmente, de formarme con calidad, de viajar y conocer ¡tantos lugares de España, de Europa y de USA! ¡Viajar! Tal vez sea una de las cosas que más eche de menos. Lo que he disfrutado y aprendido paseando por Chicago, asistiendo a la St. Joseph Parish in Waukesha, acariciando el Danubio en Ulm, enamorándome apasionadamente de París… Todo lo vivido ya forma parte de mí y, como decía un hermano de comunidad, es algo que se llevarán mis futuros alumnos y también la Escuela Pía.

Nada se vive en balde. No han sido 15 años “tirados” pese al dolor de muchos momentos. Creo que tenía que llegar aquí y ahora, ni antes ni después. El Señor sabrá por qué. Yo, como Samuel, sólo puedo decir: “Aquí estoy, Señor”.

Un abrazo