Viajo en el AVE y apuesto, pese a la hora temprana, por leer y pensar en lugar de por ver la película del día, que es hoy “Batman”. ¡Qué necesidad volvemos a tener de superhéroes! Se nota que el mundo va regular y que las personas necesitamos creer que hay personas buenas y fuertes capaces de quitarnos a todos la capa de tiniebla que nos cubre… Oportunidad para el Evangelio, sin duda…

Me encuentro en la oración de la mañana con el fragmento del joven rico y, influido por la lectura que tengo entre manos, me da por pensar cómo las familias podemos, como el joven, contentarnos con cumplir pero ser incapaces de dejarlo todo y seguirLE.

Parece que una pareja de esposos, con o sin hijos, una familia, sólo puede mirar ya hacia adentro de sus muros familiares el resto de su existencia. Han encontrado una vocación, en el mejor de los casos, han optado por ella y GAME OVER, a esperar ya el final de los tiempos esperando que haya suerte con los hijos, que el matrimonio capee las dificultades y que podamos disfrutar de una merecida jubilación, también en el ámbito de la fe. Le presentamos al Señor nuestras credenciales, convencidos que ya nada más nos puede pedir. Pero… ¿Y si nos llama a vender lo que tenemos, dárselo a los pobres y seguirle? ¿O esto no se le puede pedir a una familia?

Una familia es igual de rica que el joven, con una casa, un lugar, unas relaciones, unos trabajos, unas seguridades… Todo son cosas por las que dar gracias a Dios, costosas de conseguir… ¿Dejarlo? ¿Empezar de nuevo? ¿Y el futuro? ¿Y los niños? ¿Y si sale mal? 

El joven rico se volvió, entristecido e incapaz. El mundo no puede permitirse familias tristes e incapaces… sino ¡todo lo contrario! El mundo necesita de la alegre y contagiosa frescura de un corazón familiar libre, de un proyecto de amor común abierto, peregrino, inacabado y entregado.