A veces uno parece ofuscarse y querer hacer lo que, a la postre, no sale. El desánimo cunde ente las comunidades, entre las parroquias, en los colegios, en nuestra misma vida personal diaria… Levantamos los ojos al cielo sin entender qué es lo que no hacemos bien, por qué aquel que nos ha enviado no hecha una manita… Leo el Evangelio y me parece precioso lo que Jesús lee en la sinagoga, la palabra de Dios a través del profeta Isaías, pero me lleno también de inquietud al ver que yo no soy capaz de anunciar libertad a los cautivos, de ser esperanza entre los pobres, de dar vista a los ciegos…

Es entonces cuando acudimos a las innovaciones tecnológicas, a otros métodos, a nuevas maneras de comunicar y hablar de Dios… Cambiamos nuestras formas, yo las mías, pensando que el éxito en la misión se consigue de la misma manera que el éxito en el mundo. Y no es así. La clave de la profecía de Isaías es la primera parte: “El ESPÍRITU DEL SEÑOR ESTÁ SOBRE MÍ”.

¡Claro que tengo que pensar cómo hacer las cosas, cómo usar los lenguajes de hoy, cómo integrar la técnica y las redes en la evangelización…! Pero nada servirá si olvido lo esencial: estar lleno de Dios. La Iglesia nos ha enseñado desde antiguo cómo estar llenos de Dios: oración frecuente, lectura de la Palabra, participación en los sacramentos, vida comunitaria, etc, etc, etc…

Este es mi objetivo en este comienzo de curso tan interesante para mi familia y para mí: centrarme en lo importante y lo demás… llegará.

Un abrazo fraterno