En la Eucaristía de hoy, el sacerdote, en su homilía, incidía en cómo al hablar de María siempre resaltábamos más la alabanza, la admiración, el hecho de haber sido elegida, su respuesta, su disponibilidad… pero pocas veces nos sentamos a meditar sobre el sufrimiento de su vida, no sólo al pie de la Cruz.

María es una madre que sufre desde el primer momento de su SÍ. Es la dolorosa desde que no duda y acepta ser la Madre del Señor. El sufrimiento que le comporta estar embarazada sin estar ya viviendo con José, el sufrimiento del hijo que se pierde, el sufrimiento de quedarse sola sin su esposo, el sufrimiento de la marcha del hijo, el sufrimiento del prendimiento, del calvario, de la muerte…

Pero es verdad que María nos enseña cómo llevar ese dolor y cómo ponerlo en manos del Señor, confiando plenamente en Él. Su confianza, su disponibilidad, su fidelidad… le proporcionan, a su vez, una alegría contagiosa, difícil de alcanzar en medio de lo terrible cuando sólo existe la oscuridad. María no es una dolorosa a oscuras. María es una antorcha refulgente en medio de la noche. Mirémosla, hablémosle y pidamos para nosotros seguir sus pasos.

Un abrazo fraterno