Hoy es nuestro aniversario, el de mi mujer y mío. Hoy hace 13 años que nos casamos. Trece años ya… Es fácil tener la tentación de acumularlos.

Los aniversarios no son un trofeo que colgar en la vitrina del salón de casa. Ir cumpliendo años de matrimonio no es un reto, una batalla, una apuesta con el más allá. ¡Claro que uno se llena de alegría al comprobar que la vida sigue gastándose al lado de aquella a la que uno decidió darle todo! ¡Claro que sí! Pero acumular… acumular no.

Hoy el Señor nos previene de eso en el Evangelio. Acumular es de conservadores, de usureros, de obsesos de la seguridad. Acumula el que no quiere gastar. Acumula el que no quiere poner en juego los talentos. Acumula el que quiere enriquecerse… Y el Señor nos pide ser pobres hasta en esto.

Mi matrimonio, mi compromiso, mi aniversario… no es una medallita para que Esther y yo, previa cena de celebración, nos acostemos hoy más contentos que ayer. No sólo hemos prometido delante de Dios gastarnos y entregarnos el uno al otro y a nuestros hijos, sino que nuestro matrimonio es donación para los demás. Un matrimonio que acumula su propia experiencia, que cierra filas en torno a las paredes de su hogar, que se excede en el celo por su intimidad… es un matrimonio que no sale a la misión, que no acepta su vocación fundamental: encontrar un compañero de camino para mostrar al mundo que es posible AMAR a otro y que, junto a él o ella, es posible gastar los años camino de Jericó, atendiendo heridos en el camino.

Trece años después sólo puedo decir que Esther y yo renovamos cada día, no sin dificultades, nuestro amor y que, desde ahí, renovamos nuestra opción por ser casa de todo aquel que lo necesite.

Un abrazo fraterno