Hay noches que me las pasaría enteras velando. Creo que es una actitud vital preciosa. Velar. Hasta la palabra en sí me parece hermosa.

Sólo vela quién espera. Tal vez hoy velamos poco porque se nos ha olvidado qué es eso de esperar. Rechazamos cualquier cosa que nos haga esperar. Hemos perdido esa capacidad. Se la hemos regalado a la fibra óptica, la banda ancha, las autovías, los carrefour express, la comida rápida y el polvete rapidito que nos deja a gustito durante un tiempo, sin ni siquiera mirar a los ojos de aquel o aquella con la que me encuentro.

Yo me pregunto si esto de no saber esperar es más importante de lo que nos parece a priori… ¿Puede que sea la velocidad y la inmediatez el veneno que nos han inyectado lentamente y de manera imperceptible? Hasta yo intento escribir un post no muy largo para no hacer perder el tiempo a ningún lector…

Sólo vela quién espera. ¿Y qué espero hoy yo, Señor? Me gusta esperar a que llegue mi mujer a casa para compartir un ratito con ella de intimidad, un café, un qué tal, una conversación de diario. Me gusta esperar en la puerta de la clase a que salga mi hijo pequeño y a que los mayores vengan corriendo desde el fondo del patio. Me gusta esperar en el oratorio a que lleguen las clases de todas las edades con ganas de rezar. Me gusta mandar un whatsapp a algún hermano o hermana, amiga o amigo, y esperar que conteste. Me gusta esperar una nota de un trabajo. Me gusta esperar que el agua hierva para echar la pasta. Me gusta mirar como sube el bizcocho en el horno y esperar que se haga bien. Me gusta esperar mejores noticias en los diarios y la palabra PAZ en los titulares. Me gusta esperar que llegue el día de entrar en un aula y sentir que he llegado.

Tal vez en todo ello está tu rostro, tu aroma, tu huella. En realidad me gusta esperarte, Señor.

Un abrazo fraterno