Ven, Señor Jesús.

Aquí estoy, afanado en mi “lago” particular, con mis tareas y mis preocupaciones de cada día. Aquí estoy, con mis pequeñeces, ensimismado en mis pensamientos, en mis proyectos, con la cabeza baja, mirando al suelo tantas veces…

Ven, Señor Jesús.

¿A qué suena tu voz? ¿Cuál es su timbre? ¿Cómo la reconoceré? Tengo tantas veces la sensación de que pasas por mí lado y me llamas… y no te reconozco. Tú me distingues entre la multitud y, en cambio, Tú para mí pasas desapercibido…

Ven, Señor Jesús.

Comienza el Adviento y yo te espero. Comienzo el Año de la Misericordia y yo quiero caminar y atravesar esa puerta. ¡Y quiero ser puerta! ¡Y quiero ser abrazo! ¡Y quiero ser Tú para el que necesita el abrazo, la mirada, el corazón, el aliento, la voz, el hombro, la risa, una lágrima compartida…!

Ven, Señor Jesús.

Un abrazo fraterno