Dios perdona. Todo. Siempre. El único requisito es que tú quieras ser perdonado.

Para mí, este “saberme perdonado” y este “ir a buscar el perdón” en el sacramento de la reconciliación, son fundamentos primordiales en mi camino de fe. A veces miro mis debilidades y pienso… “¡cuánto fallo, Señor! ¡Otra vez! ¡En lo mismo!”. Y sé que Dios me coge de nuevo, y me limpia, y me cura y vuelve a esperar que nunca más vuelva a caer, estando dispuesto a volverme a disculpar si sucede.

¿Qué sucedería si esto no fuera así? ¿Cómo sería yo, cómo viviría, cómo miraría el mundo si tuviera la sensación de que no se me iba a perdonar nunca más? No podría vivir con esa culpa. No podría. ¿Primera consecuencia? Quitar la norma. Así ya no hay culpa. Relativizarlo todo y traicionarme a mí mismo.

Menos mal que Dios perdona. Todo. Siempre.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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