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A la luz de la Palabra

Reflexión íntima y compartida en la red

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Tiempo ordinario

Perder ¿no es de locos? (Mc 8,34–9,1)

Perder la vida. Esto es de locos. ¿Esto no se trataba de ganar? ¿Ganar la felicidad? ¿Ganar el cielo? ¿Ganar a Dios? ¿Cómo que perder? ¿No hay otro camino? Tú sabes cuánto me cuesta, Señor, perder. Porque esto de perder no es, simplemente, dar la vida. Entregarse no me resulta difícil. Dar mi tiempo. Construir Reino. Porque creo que lo hago bien. Y porque en esa donación encuentro satisfacción. Pero eso no es perder… ¿A que no? Tú te refieres a hacer todo eso y tener la sensación de que nada se consigue, de que para nada vales, de que me has abandonado, de que no tiene sentido, de que no voy a poder, de que hemos fracasado… Eso es perder. Perder es agachar la cabeza. Perder es saberme pequeñísimo. Perder es dejar que otros hagan en mí sin oponer resistencia porque eres Tú quién está haciendo. Perder es dejarme llevar pese a mis resistencias. Perder es ir adonde no me gusta, servir en lo que no quiero… porque esto se trata de ir donde te gusta a Ti, de servir donde Tú quieres…

Señor… me cuesta perder. ¿Me seguirás enseñando?

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Los gentiles de S. Valentín (Hc 13,46-9)

Pablo y Bernabé deciden dedicarse a los gentiles. Porque la Palabra, el Reino, el Don… no puede ser impuesto y porque esto de evangelizar no trata de convencer, ni de rebajar, ni de claudicar… Se trata de anunciar a Jesucristo, de ofrecerlo. Y el de enfrente puede cogerlo o no. El respeto a la libertad del otro debe ser máxima.

A veces, cuánto más pensamos conocer a Dios y a sus designios, más lejos estamos de Él y más cerrado está nuestro corazón a la novedad constante y contagiosa del Evangelio, de la nueva Ley del Amor. ¿Qué harían hoy Pablo y Bernabé con nosotros, con los hombres y mujeres de la Iglesia de hoy? ¿Nos abandonarían como a aquellos judíos ante la cerrazón de nuestra mente y nuestro corazón? ¿Qué harían conmigo, con mi soberbia, con mi terquedad, con mi sequedad?

Hoy es S. Valentín y sí, se nos examina del Amor. Pero no de un amor de cena y copa, sino de un amor de banquete inagotable.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Trampas a Dios (Mc 8,11-13)

Ponerle trampas a Dios es una de las grandes tentaciones de todos los tiempos. Los hombres tenemos necesidad de probarlo, porque nosotros nos andamos probando continuamente. Como no acabamos de aceptar lo que nos plantea Jesús de Nazaret, nos buscamos las maneras para dejar en contradicción aquello que nos cuestiona la vida. Trampa. Somos unos tramposos. Elegimos las palabras del Evangelio que más nos convienen en cada momento, las adaptamos, las retorcemos, las relativizamos, las manipulamos… todo con tal de adaptar el Evangelio a nuestra vida, y no al revés.

Queremos ser libres pero no valoramos nuestra libertad y cuestionamos continuamente que Dios no intervenga en la historia, en la nuestra y en la del mundo. Por supuesto, sólo queremos signos milagreros cuando nos conviene y para lo que nos conviene y, muchos, se pasan la vida justificando su vida de espaldas a Dios. Una pena. No por Dios, que no necesita de nuestro amor y de nuestra fidelidad, sino por nosotros, que optamos por vivir cerca de la llama en lugar de tocar el cielo con los dedos.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Los labios y el corazón (Mc 7,1-13)

Los labios y el corazón. Una cosa es hablar y otra amar, que diría el otro. El reproche que hoy hace Jesús al pueblo, lo hago mío también. Yo tengo las cosas bastante claras en la mente. Predico bien lo que se supone que es seguir a Jesucristo. Incluso me atrevo a escribir artículos y oraciones, poniéndome en la brecha y contando a muchos de qué va esto de ser cristiano y de ser Iglesia. Pero hoy recibo este reproche con inquietud, porque veo que en mi vida no toda se ajusta a lo que predico y que por un lado va lo que digo y, muchas veces, por otro lo que hago.

Es más fácil decir “te quiero” que querer de verdad. Es más fácil decir “te sigo” que seguirte de verdad, Señor. Es más fácil decir “hágase tu voluntad” que luego aceptarla con alegría y esperanza.

Por eso, creo, el Espíritu nos ha regalado al Papa Francisco en este tiempo. Él nos recuerda continuamente que la letra, la norma, la doctrina… es importante, pero sólo si no está vacía, si no está hueca en nuestra vida. Sólo el amor basta, sólo el amor salva.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

Una misión que te lleva la vida (Mc 6,53-56)

A veces los días pesan mucho. Es como si la misión que uno tuviera encomendada se convirtiera en acero puro, y aquello que es la base de nuestra alegría se transformara por momentos en el origen de nuestra tristeza y nuestra pesadumbre.

El Evangelio de hoy nos relata una escena que, bien imaginada, agobia sólo leyéndola. Jesús y sus discípulos no conocen el descanso y, nada más pisar tierra, son “asaltados” por personas que buscan respuestas, que están heridas, que quieren algo más, que tienen sed, que necesitan de Él. No hay tregua. La necesidad es mayor que las propias energías.

Yo me veo en mi misión, en mi vida, y reconozco que muchas veces también estoy cansado. A veces opto por “esconderme” o “escaparme”, que también es muy sano, pero los niños y sus familias siguen ahí. Seguir a Jesús es estar dispuesto a “gastarse” con Él. Tal vez asumir esto sea complicado. En el fondo, seguir a Jesús es entregarle tu vida, es desposeerte de ella y darla al que lo pide. En camino estamos…

Un abrazo fraterno – @scasanovam

El que se resista a creer… (Mc 16, 15-18)

Resistirse a creer no es no creer. El matiz de las palabras de Jesús es tan importante… Porque “resistirse” implica un acto de voluntad y además implica “ir a la contra”, cerrar los ojos, sacar las defensas…

Y creer no es tan sólo decir “creo” sino escuchar y hacer la voluntad del Padre. Creer en Dios no es sólo creer en su existencia sino también creer en su Palabra, en sus promesas, en sus caminos…

Esta pequeña frase es un joya. Al menos a mí me da para pensar un tiempo… sobre mis resistencias y sobre mi fe…

Un abrazo fraterno – @scasanovam

El mayor de los pecados (Mc 3, 22-30)

Todos los pecados se perdonan. Todos. Eso dice Jesús. Excepto uno. Y curiosamente no es algo que podamos decir “que se hace”, que es con lo que solemos identificar el pecado, con actos “malos”, acciones “equivocadas”. Va más allá. Blasfemar contra el Espíritu Santo. No sé muy bien cómo interpretar estas palabras pero a mí me suena a querer rechazar la vida que se me ha dado, el don que se me ha concedido.

El Espíritu es el dador de vida. Blasfemar contra Él sólo puede ser actuar desde mi propia voluntad en contra de esa vida que Él me insufla. No hay mayor pecado. Negarme a ser feliz. Negarme a ser amado. Negarme a ser perdonado. Negarme a ser yo.

Suena muy espiritual pero en la práctica, hay personas que deciden exactamente eso. Tal vez por eso, el mundo no acaba de enderezar el rumbo…

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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