La pequeñez de María

La historia de María empieza con la historia de amor de sus padres, Joaquín y Ana.

María es un fruto de amor.

María es querida por Dios y nace. El misterio empieza a gestarse. Una niña absolutamente libre, creada por el Señor y soñada para una misión concreta, la misión más grande que ha conocido la historia: traer al mismo Dios al mundo, parir a Dios, dar a luz a la Luz.

María nace para algo. Como todos nosotros. Somos pequeños e indefensos, necesitados de atención y amor. Pero en nuestra alma traemos sellada la firma de Dios, su sueño, su anhelo, su esperanza.

María crece, trabaja, ayuda, obedece, aprende a ser lo que es. Cultiva las virtudes de los pequeños de la tierra. Aprende a confiar y a trabajar a la par. Es humilde y pobre. Joven y alegre. Fiel a las tradiciones de su pueblo.

María, un día, es interpelada por Dios. Requerida. Llamada a ser, en plenitud, aquello para lo que fue creada. María, la libre. María, la pequeña. María, la joven. María, la esclava del Señor. Acepta con firmeza, dando un paso adelante y pone a Dios en el centro absoluto de su existencia; por encima de José, por encima de sus padres, por encima de sus miedos, por encima de sus vecinos, por encima de las críticas y opiniones, por encima de sus sueños, por encima de sus planes, por encima de sus dudas… Se fía de Dios a ciegas. Su espíritu estaba ya preparado para ello.

María se puso en camino al instante. Y visitó a Isabel y descubrió el milagro que Dios había hecho con ambas. Y renovó su compromiso con José. Y le esperó. Y aceptó su incertidumbre, su consternación, su repudio inicial… Y le acogió cuando él volvió. Y se hizo su esposa e inició su camino con él. Un camino duro. Una peregrinación costosísima a Belén. Sin fisuras. Sin quejas. Sin reproches. Renovando su sí en cada arenal, en cada curva, en cada río…

María, con humildad, se tumbó en una maloliente cueva para empujar, para darse hasta la extenuación para que Jesús se hiciera presente entre los hombres. Y oyó su llanto y, fatigada, lo amó. Lo amó como cualquier madre ama a su pequeño. Y lo arropó. Y lo calentó junto a ella. Y lo calmó. Y lo acunó.

María cuidó a Jesús, lo educó, lo enseñó, lo formó, lo modeló, lo aceptó… Y lo dejó marchar. Dejó que se le fuera de las manos y que emprendiera aquello que ella había emprendido hacía ya 30 años: la misión para la cual había sido creado.

María lo siguió de lejos. A veces de cerca. Y sufrió. Y fue amoldando su corazón al dolor. Y se rompió, se rasgó, se partió en mil pedazos aquella tarde a los pies de aquella cruz…

María…

Un abrazo fraterno

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